Que dos meses después de haberse decretado el estado de alarma tengamos 43.325 sanitarios infectados y, según los propios médicos, solo veamos la punta del iceberg de los casos, es decir, que podrían duplicarse, no tiene explicación lógica alguna. Más allá del debate político de si hace falta o no un estado de alarma para salir confiados del confinamiento; de si el Gobierno está aprovechando que el Pisuerga pasa por la limitación de derechos para cargarse buena parte de nuestras libertades, que es así, a mí me siguen apabullando los datos de la cantidad de sanitarios infectados. Y no encuentro una sola explicación lógica del doctor Simón ni del ministro Illa; y me abstraigo escuchando soflamas en el aló presidente semanal de Pedro Sánchez para encontrar respuestas —ya no convincentes, ya no lógicas, simplemente respuestas—, y no hay ni un argumento que nos haga digerir estas pavorosas cifras.
Aún son muchos los profesionales de la salud que esperan para ser sometidos a una prueba que revele si son o no portadores del virus o si ya han pasado la infección. Por eso, debemos prepararnos para lo peor. El 20 por ciento del total de los infectados son sanitarios, diez puntos más que en Italia, que fue el epicentro de la pandemia. Hoy, aún, aquí, ni pruebas, ni equipos de protección… dos meses después. Y no olvidemos que todos estos sanitarios infectados van a volver a los hospitales sin haber hecho el test-denuncia que inhabilite a los contagiados para el contacto con la gente, y van a ser una nueva fuente de propagación de la pandemia.
Cuando comenzó lo de los aplausos quisimos que supieran que los admiramos y que estamos con ellos. Seguimos con ellos y hay que demostrarlo. Ahora toca, como ha anunciado la Comunidad de Madrid, que se les hagan contratos de trabajo a toda esa carne de cañón que fue en vanguardia, y que les protejamos como ellos quisieron protegernos. Illa y Simón tienen que abandonar tanta comparecencia de libro gordo de Petete para infantilizar a la sociedad y dedicar más tiempo a ellos, a todos los integrantes de la sanidad. Y quiero incluir en ellos a los investigadores, biólogos, científicos…, hasta farmacéuticos.
Esta crisis sanitaria nos ha atacado a todos en Europa, empezando por Italia, y luego al resto del mundo urbi et orbi y nos ha enseñado, de mala manera, pero expeditiva, que en realidad no nos son necesarias tantas cosas superfluas como las que hipotecan nuestras vidas. Creo que el COVID nos ha educado, ¡dura disciplina!, para cambiar a un mundo mejor, más humano y social con nuestros mayores, más ecologista, más real. Aprovechemos la lección. Y no escondamos nuestra generosidad aunque parezca interesada.
